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En esta página incluiremos comentarios a la Palabra de Dios.

 

La Palabra de hoy

TIEMPO ORDINARIO

 

 

-Eucaristía-

 

Semana 17 Par - Viernes


            Asistimos hoy a uno de los momentos más difíciles de la vida del profeta Jeremías, al comienzo del reinado de Joaquín, último rey que gobernó de por vida en Jerusalén antes de la ruina del reino. El oráculo que hemos escuchado, pronunciado ante el pueblo y las autoridades, es un discurso contra el templo que causó gran escándalo y casi le costó la vida. Los sacerdotes, los demás profetas y el pueblo, todos a una se le echaron encima diciendo: “Eres reo de muerte”.

            El templo era el lugar de la presencia protectora de Dios y el pueblo confiaba en esta protección, que ya les había librado cuando el asedio de la ciudad por los asirios unos años antes. Pero el profeta les dice que su actual confianza es ilusoria, ya que sin conversión a Dios no puede esperarse protección divina y el templo será destruido, como siglos antes fue destruido el santuario de Silo a pesar de que guardaba el Arca de la alianza: “Si no me obedecéis cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia y escuchando las palabras de mis siervos los profetas... trataré este templo como al de Silo”.

            Traspasando un poco esto a nuestro contexto, diríamos que no basta una iglesia magnífica ni la presencia de Jesús en el Sagrario. Allí donde una comunidad de fe no cumple la ley de Cristo como Israel no cumplió la ley de Moisés, el templo cristiano pierde también su sentido y Dios se retira, el Espíritu se apaga, la comunidad se desvirtúa y va al destierro, como pronto iría Israel.

            No hace falta ser un profeta para entender esto. Sin embargo siempre podemos volvernos tan ciegos que lleguemos a no ver lo evidente, como le ocurrió a Israel, y vivamos una ilusión pensando que Dios está con nosotros aunque nosotros no estemos con él. De ahí la necesidad de que, de vez en cuando, algún profeta venga a decirnos que la presencia de Jesús en el Sagrario no sostendrá nuestra comunidad, nuestro templo, si no cumplimos la ley de Cristo, pasando de una adoración formal a una adoración en espíritu y verdad. Claro que entonces a lo mejor también nos echamos encima del profeta y le decimos, como al pobre Jeremías: “Eres reo de muerte”. Pero ¿quién tuvo al final razón?

            La vocación de un profeta no es dar mensajes agoreros, sino ser la conciencia viva de la comunidad de fe, unas veces transmitiendo esperanza y otras exhortando, e incluso gritando, aun a riesgo de su propia vida, a que salgamos de nuestras ilusiones para no creer que tenemos de nuestra parte a Dios cuanto tal vez nos deslizamos hacia una ruina. Porque no basta una iglesia magnífica ni la presencia de Jesús en el Sagrario.

            Antonio María Martín

 

 

 

Semana 17 Par - Jueves


            Acabamos escuchar la parábola de la red, que el pasado domingo leíamos junto con la del tesoro y la perla. Es la última, y como la conclusión, de un grupo de parábolas de Jesús sobre el tema del Reino de los cielos, que en este caso es comparado con una red echada en el mar.

            El mar representa el mundo y los peces somos nosotros. La red es la misma Palabra de Dios, que fue echada al mundo a través de María y proclamada por Jesús mientras vivió entre nosotros. Y después de su resurrección, la Iglesia recibió la misión de seguir echándola. Para eso llamó Jesús a sus apóstoles: para que fueran pescadores de hombres. Y ellos, que ya eran pescadores en el lago, dejaron sus redes de cuerdas y todo lo que les enredaba en la vida, y tomaron las de Jesús, después de haberse ellos mismos dejado atrapar por él, cuando les dijo: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”.

            La Palabra, proclamada en la Iglesia, es la red con la que Dios quiere reunir a sus hijos dispersos, no para atraparlos, sino para salvarlos del oleaje de este mundo. Porque hay una red que atrapa y una red que salva, una red buena y otra mala, una de Cristo y otra del diablo, que también está tendida en el mar del mundo y de nuestras almas para impedirnos ser atrapados para la Vida. Entre estas dos redes nos debatimos los humanos, y nos debatimos en la comunidad. Si la Palabra de Dios va siendo cada vez más lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero, su red nos librará de la red del cazador, de la que habla el salmo, y seremos guiados seguros hasta la orilla.

            Sin embargo, la parábola dice también que en esta red entran peces buenos y malos, y que al final, cuando el barco llega a la orilla, que es el término de la vida temporal, Dios hace su discernimiento, y los peces malos son desechados. Este discernimiento se sitúa en la línea de aquello que un día afirmó Jesús: “no todo el que dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos”. Porque en la Iglesia hay de todo y, como se suele decir, ni son todos los que están, ni están todos los que son. Hay ángeles y demonios, demonios tenidos por ángeles y ángeles tenidos por demonios. Pero como eso es Dios quien lo sabe, porque aquí todos vamos de buenos, tiene que haber un discernimiento divino, hecho por la misma Palabra que todos profesamos.

            Profesar externamente no basta para escapar de la red del cazador, pues Jesús declaró dichosos, no a los que sólo escuchan, sino a los que cumplen la Palabra escuchada, se dejan informar por ella y la ejercen en su vida. “¿Entendéis bien todo esto?”. Pregunta a los apóstoles al terminar su enseñanza. “Ellos le contestaron: Sí”.

            Antonio María Martín

 

 

 

Semana 17 Par - Miércoles


            De todos los profetas del Antiguo Testamento, Jeremías es, posiblemente el menos impersonal, el que mejor deja entrever al hombre de carne y hueso que se esconde tras el gran profeta. Tal se ve en el pasaje, tan crudo como hermoso, que hemos escuchado en la primera lectura, donde su alma se debate entre su pasión por Dios y su desconcierto humano y religioso, al ver que todo se le tuerce y como que la vida misma se vuelve contra él.

            Una profunda crisis espiritual le agobia, y la expresa como la siente: su vocación de profeta no le ha traído más que conflictos y ha provocado hacia él una animadversión universal: “¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas por todo el país... y todos me maldicen!”. Hasta duda de su vocación de profeta, con estas tremendas palabras que reflejan todo su drama: “Te me has vuelto arroyo engañoso, de aguas inconstantes”. Como si dijera: “no sé a qué atenerme contigo, Señor”. Y es que no son los hombres su problema, sino la sensación de que Dios no está. De algún modo resuenan aquí las palabras de Jesús en la Cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, ¿por qué me dejas solo en el combate?, ¿por qué me dejas solo en la Cruz?

            Un drama así no es cosa de principiantes. Se da en aquellos que aman apasionadamente a Dios y le pueden decir, como Jeremías: “cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón”. Hay que sentir una pasión así para atravesar una noche espiritual así. El insensible, el tibio, el que no es frío ni caliente, tampoco siente ni padece: ni siente el hambre de Dios, hasta el punto de devorar sus palabras, ni padece su ausencia, pudiendo vivir tranquilo como si Dios no existiera.

            Si la tibieza aún no ha hecho presa en nosotros y aún buscamos el tesoro escondido, alguna vez habremos sentido algo parecido a lo de Jeremías, o habremos hecho nuestras las palabras del salmo: “Líbrame de mi enemigo, Dios mío... que tu favor se adelante, oh Dios”. Pero también habremos dicho: “Estoy velando contigo, fuerza mía, porque tú eres mi alcázar”. Pues en la noche del espíritu sale siempre triunfante la confianza y fortalecida la fe. Por eso, al final Dios anima al profeta y le confirma en su vocación, como debe confirmarnos también en la nuestra: “Si vuelves, te haré volver a mí... si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca... muralla de bronce inexpugnable”.

            Hermosas palabras, que son una síntesis de espiritualidad: si separamos en nuestro corazón lo precioso de la escoria, seremos boca de Dios, muralla espiritual inexpugnable.

            Antonio María Martín

 

 

 

Marta, María y Lázaro

- Que hospedaron del Señor -


            Celebramos hoy la memoria de los santos Marta, María y Lázaro, los tres hermanos de Betania que acogieron a Jesús en su casa, y protagonizaron con él alguna de las páginas más famosas de los evangelios. Todos conocemos el relato de la resurrección de Lázaro, con el diálogo de fe que Marta entabla con Jesús, y que culmina con la solemne afirmación: “Yo Soy la resurrección y la vida”. Y el evangelio de hoy nos trae la archiconocida escena en que Marta se queja de que María la deja sola con el servicio, por sentarse a los pies del Maestro, a escuchar su Palabra. Queja que provoca esa repuesta de Jesús que ha traspasado los siglos: “Sólo una cosa es necesaria”.

            En este mundo, y también en el monasterio, sólo una cosa es realmente necesaria: la búsqueda del Reino de Dios. Lo demás, por vital que parezca, es secundario, incluida la subsistencia material: qué comeremos, qué beberemos, con qué nos vestiremos, cómo nos calentaremos en invierno o nos refrescaremos en verano. Buscar primero el Reino de Dios, ser excavadores del tesoro escondido, de eso no cabe prescindir, aunque de hecho luego es de lo que más se prescinda. Si tenemos fe en que lo demás vendrá por añadidura, no nos faltará con qué comer, beber, vestirnos, calentarnos en invierno y refrescarnos en verano. Ningún santo se ha muerto de hambre.

            María escoge la mejor parte, porque lo primero es ponerse a los pies de Jesús y luego intentar vivir desde su Palabra, de modo que nuestra actividad exterior nazca de una escucha de Dios en vez del voluntarismo, de la sola razón o de una cierta tendencia al activismo, a no parar, que al final nos agota física y psicológicamente, y encima sirve de poco desde el punto de vista espiritual porque no parte de Dios. Es lo que le ocurre a Marta, cuando Jesús le dice: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas”. Cuando en nuestro trabajo en el monasterio andamos inquietos y nerviosos, es que no estamos partiendo de la Palabra, sino de nosotros mismos, y el resultado es la neurosis.

            La acogida de Jesús empieza por la propia conciencia, pues ¿cómo lo acogeré en mi trabajo o en mi prójimo, si antes no lo acojo en mí mismo, dejándolo entrar en mi mentalidad, en mis criterios, en mis discernimientos personales y comunitarios, en mis decisiones y en todo lo que son las añadiduras del Reino de Dios? Para ello hay que sentarse mucho, como María, a los pies de la Palabra, antes de ponerse a servir y ser una buena Marta, en vez de terminar inquieto, nervioso o neurótico. Porque si uno es buena María, también será buena Marta, pero no al revés.

            Porque sólo una cosa es necesaria.

            Antonio María Martín

 

 

 

Semana 17 Par - Lunes


            En más de una ocasión los oráculos de los profetas van precedidos de una escenificación simbólica que les sirve para explicar mejor su mensaje. En la primera lectura, Jeremías se compra un hermoso cinturón de lino, que luego esconde por indicación divina entre unas piedras, a orillas del río Eúfrates. Y como es lógico, al contacto con el agua el cinturón queda en poco tiempo estropeado. Entonces la voz divina explica que el cinturón representa al pueblo de Israel, que en otro tiempo fue como un bello adorno con el que Dios se ceñía para lucirlo con orgullo: “Como se adhiere el cinturón a la cintura del hombre, así me adherí la casa de Judá y la casa de Israel... para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, mi ornamento”. Pero Israel se ha echado a perder por su idolatría, se ha vuelto inservible. Por eso “será como ese cinturón, que no sirve para nada”.

            Pensar que soy cinturón podrido e inservible para Dios, que por eso me desecha o me tira a la basura, puede sonar un poco fuerte. Más suave -y también más real- es pensar que soy yo quien me hago basura y desperdicio cuando echo a Dios de mi vida. No es que Dios nos deseche, es que no se puede adornar con nuestro cinto. Porque de hecho, eso es lo que él querría, en virtud de su amor: adornarse con nosotros y estar orgulloso de sus hijos; pero no podremos ser parte de su ornamento mientras seamos cinturones podridos y echados a perder.

            ¿Qué hará entonces Dios con su cinturón? De hecho, la historia de la salvación muestra que ha hecho todo lo que ha podido, y que lo seguirá haciendo. En distintas ocasiones y de muchas maneras habló a nuestros padres por medio de los profetas, y luego, en la etapa final, nos ha hablado por su Hijo. Y así la Palabra se hizo carne, proclamó la buena noticia del Reino y el perdón de los pecados, murió en la Cruz y resucitó dejándonos su Espíritu, como un principio de renovación, capaz de hacer nuevos nuestros cinturones echados a perder. Lo único que el Espíritu pide es el sí de nuestra libertad a la gracia, el acto perfecto de la fe, la elección incondicional de nuestro amor.

            Por el acto de la fe y de un amor cada vez más indiviso, la gracia encuentra hueco para hacer su obra. Y donde encuentra hueco, la vida se regenera, porque para el Espíritu nada hay tan podrido que no se pueda regenerar, ni pueda volver a ser un ornamento precioso en el vestido de Dios: su fama, su alabanza, su orgullo, como era Israel antes de volverse cinturón podrido.

            Antonio María Martín

 

 

 

Domingo 17 - A


            El Evangelio de este domingo nos ofrece, como el domingo pasado, tres breves parábolas de Jesús sobre el tema del Reino de Dios: el tesoro escondido, la perla preciosa y la red que recoge peces buenos y malos. Esta última recuerda la del trigo y la cizaña; en cambio, las parábolas del tesoro y de la perla presentan el Reino como un bien inmensamente valioso, pero oculto a los ojos, que vale más que todos los otros bienes juntos. Por eso, una vez descubierto, uno vende gustosamente sus posesiones con tal de poderlo adquirir.

            Si esto es así, la pregunta sería: ¿Por qué un bien tan inmenso es tan poco apetecido? La razón hay que buscarla en su escondimiento, en que no es un bien material que se ofrezca inmediatamente a la vista, sino que es preciso excavar el campo del alma para descubrirlo, como se descubre el petróleo excavando el corazón de la tierra. Los bienes materiales son visibles a los ojos materiales: lo que halaga los sentidos, lo que enriquece, lo que da prestigio social, todo eso es visible y por eso mismo fácil de apetecer. No hace falta excavar. En cambio, los bienes del espíritu son percibidos por el ojo de la conciencia, que es más interior. Este es el ojo que, en la primera lectura, demuestra tener abierto el rey Salomón al valorar más la sabiduría y el don de discernimiento que las riquezas materiales o la gloria humana.

            La conciencia es el ojo hecho para descubrir los valores, que son los tesoros del espíritu: la verdad, la justicia, la belleza moral, la bondad, la fortaleza, el discernimiento, el altruismo, la solidaridad, la fidelidad, la dignidad, el valor de la palabra dada y tantos bienes que no se ven con los ojos del cuerpo pero que valen más que todo el oro del mundo. ¿Qué haríamos nosotros si alguien muy poderoso, o Dios mismo, nos hiciera una oferta tan tentadora como la que hoy se hace al rey Salomón, y nos dijera: “Pídeme lo que quieras”?

            Herodes ofreció a Salomé la mitad de su reino, y ésta le pidió cabeza de Juan el Bautista. Y ahí tenemos los cuentos del genio de la botella que concede tres deseos al que lo libra de su jaula de cristal. ¿Qué le pediríamos a Dios, si ofreciera un cheque en blanco a nuestros deseos y a nuestra capacidad soñadora? Quizá no le pediríamos la muerte de quien nos resulte odioso, como la bailarina Salomé. Pero tal vez sí le pediríamos larga vida y una salud inquebrantable, o le arrancaríamos de su varita mágica alguna acción portentosa y espectacular en favor nuestro: esa lotería en la que siempre hemos soñado y con la que arreglaríamos nuestra vida y la de nuestra familia; o ese éxito clamoroso y multitudinario que vemos que otros han alcanzado en poco tiempo en el terreno del arte, de las relaciones amorosas, de la ciencia, de la política o de los negocios; o quizá volver a ser aquel monasterio floreciente que en otro tiempo fuimos.

            ¿A dónde nos llevan nuestros sueños cuando nos ponemos a soñar despiertos y a hacer el cuento de la lechera? ¿Qué bienes miramos y con qué ojos? Cuando el ojo de la conciencia excava en el campo del alma, descubre los valores del espíritu, que son un tesoro más escondido que los bienes de los sentidos, y ahí pone sus sueños, vendiendo por ellos los otros bienes. Aquí se sitúan los que dedican su vida a causas nobles: a la ayuda del prójimo, a la justicia social, a la investigación, al arte sin especulación, a la defensa de los valores éticos de la humanidad. Innumerables ejemplos ofrece la historia de personas que han excavado este tesoro, como el rey Salomón, que no apreciaba la gloria humana ni la riqueza material, sino la responsabilidad que como gobernante novato había caído sobre sus hombros, y por eso pide algo mejor que el dinero o la gloria: el don de sabiduría, saber discernir el bien del mal en sus asuntos cotidianos. Con ello hace gala de un alto sentido ético.

            Llegar a tener conciencia de los valores del espíritu es mucho, pero no es aún el tesoro del Reino de Dios. Éste requiere además una conciencia iluminada en el Espíritu Santo, que es la que realiza la tercera excavación y descubre el Reino del Espíritu: el Tesoro y la Perla que es Dios mismo: Bien y Belleza infinita, a cuyo lado todos los demás sueños son pesadillas. El que adquiere este tercer Ojo dedica sus principales fuerzas a la compra del campo y de la perla, sabiendo que lo demás se le dará por añadidura. Por eso nos hacemos nuevamente la pregunta: ¿Por qué un bien tan inmenso es tan poco apetecido? Y respondemos: porque hay pocos excavadores, pocos que se molesten en buscar de verdad un tesoro algo mejor que los bienes de los sentidos y la vulgaridad cotidiana en que nos movemos.

            Los que excavan en su alma son los buenos peces de la parábola de la red. Estos se llenan de sabiduría y de dones del Espíritu Santo, como Salomón, y al igual que el letrado entendido en el Reino de Dios, del que ha hablado Jesús en el evangelio, sacan de la Ley divina lo nuevo y lo viejo para edificar al pueblo. Los que no excavan son los malos peces, los cristianos sólo de nombre. En alguno de los dos grupos estamos nosotros. Todos hemos entrado en la red, que es un símbolo de la Iglesia, y sabemos que el Reino de Dios está dentro de nosotros. Sólo necesitamos ser buenos excavadores.

            Antonio María Martín

 

 

 

San Joaquín y santa Ana - 26 julio


            Celebramos hoy la memoria de los padres de la Virgen que, según una tradición apócrifa del siglo II, se llamaban Joaquín y Ana. A ellos les cupo el mérito de ser los abuelos de Jesús, y por tanto un eslabón directo en la historia del Verbo encarnado. Ambos forman parte de aquella descendencia de Abrahán en la que, según el libro del Génesis, serían bendecidas todas las naciones, y por tanto también nosotros.

            No necesariamente los padres de un santo -ni siquiera del más grande de todos- tienen que ser santos, porque la virtud y la respuesta a Dios de la libertad no se hereda biológicamente. A padres santos puede haber hijos muy pecadores, y a padres pecadores hijos muy santos. Por eso no era necesario que los padres de la Virgen fueran santos, aunque es bonito que así fuera, ya que el Hijo de Dios no se avergonzó de tener grandes pecadores y pecadoras en su árbol genealógico, empezando por tantos reyes corruptos de la dinastía de David. Lo impuro del hombre no mancha lo puro de Dios, sino que más bien lo puro de Dios purifica y sanea lo impuro del hombre cuando entra en contacto con ello y lo informa.

            Ni siquiera era obligatorio que Cristo naciera de una mujer santa o virgen, ya que ni el seno más impuro podría manchar al que se hizo miseria sin ser miserable y carne de pecado sin ser pecador. Sin embargo no quiso hacerse hombre entrando como un intruso en nuestra naturaleza, sin el sí de una libertad; por eso buscó una criatura capaz darle ese consentimiento total que le permitiera encarnarse en ella. Y esa criatura fue María, por cuyo sí en libertad a Dios descendió la bendición de Abrahán a todas las naciones.

            Y en el linaje de María tenemos a Joaquín y Ana, dos sencillos israelitas de la clase baja del pueblo, que no sabemos si serían santos, tal como se entiende hoy la santidad, pero seguro que estaban imbuidos de la fe religiosa de Israel, en la que educaron a su hija, que así se convirtió en una tierra bien dispuesta para acoger sin resistencia al Verbo encarnado, y ser la primera criatura capaz de realizar el acto perfecto de la fe: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Palabra”. Un acto que todos nosotros estamos invitados a reproducir, para que Cristo se pueda seguir encarnando en nuestras vidas. Es este acto de la fe lo que indica la verdadera santidad, la cual no consiste en ser un puritano, sino en ser un pleno consentimiento a Dios, al modo de María.

            Antonio María Martín

 

 

 

Santiago, apóstol, patrono de los pueblos de España

 - 25 de julio -


            Celebramos un año más la solemnidad de Santiago apóstol, patrono principal de España. Esto significa que este compañero tan cercano a Jesús está considerado también, desde hace siglos, como un compañero cercano nuestro, como un ejemplo para nuestra vida y un intercesor ante Dios. Santiago, hermano de Juan, llamado el “Mayor” para diferenciarlo de Santiago el de Alfeo, el pariente de Jesús, era pescador en Betsaida, igual que Pedro y Andrés, y en los evangelios aparece con Juan y Pedro en algunos momentos claves de la vida de Jesús, como la Transfiguración y el huerto de Getsemaní.

            Una antigua tradición lo sitúa predicando la fe en la Hispania romana y afirma que, después de su muerte en Jerusalén, sus restos fueron trasladados a Galicia, al extremo occidental del mundo entonces conocido -el finis terrae-, mostrando así cómo la fe cristiana llegó muy pronto a los confines de la tierra. También es antigua la tradición que sitúa su tumba en Santiago de Compostela, ciudad que desde la Edad Media se convirtió en el segundo centro de peregrinación más importante del mundo cristiano, después de la tumba de san Pedro en Roma y aparte, claro está, de Tierra Santa. Y aun hoy puede verse cómo frente a nuestro mismo monasterio, en el trayecto del Camino que va de Puente la Reina a Estella, pasan diariamente cientos de peregrinos de todas las edades, la mayor parte a pie, y no pocos en bicicleta y algún que otro medio. Un flujo constante que impresiona al que lo ve por primera vez, y que muestra cómo la peregrinación a Santiago es actualmente un fenómeno de masas.

            Es cierto que a muchos peregrinos de hoy les mueve cierto espíritu turístico o deportivo, pero en ninguno falta la esencia de la peregrinación, que consiste en una cierta búsqueda espiritual, el deseo de vivir una aventura no sólo corporal por caminos y descampados, físicamente bastante ingrata, sino también una aventura religiosa, un cierto encuentro con Dios y consigo mismo. En esta sociedad de consumo que vende tantas experiencias, la experiencia del Camino es enteramente peculiar, y todos los que la han realizado, por entero o en parte, así de hecho la han vivido.

            Por eso, al menos en España, hablar de Santiago apóstol es hablar de Santiago el Peregrino. Peregrino, porque antes de ser maestro de peregrinos, él mismo hubo de realizar su peregrinación personal haciendo el camino de Jesús. Por los evangelios sabemos que era un hombre vehemente y ambicioso, y el evangelio de hoy lo muestra ávido de grandezas humanas, aspirando junto con su hermano Juan a ser el primero en el Reino de Cristo. Sin embargo, después de completar su peregrinación, el mismo que era capaz de la mayores ambiciones, fue capaz de la mayor generosidad y así fue el primer apóstol en dar testimonio de Cristo con su vida, el año 44, como lacónicamente nos dice la primera lectura: “El rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan”.

            Por su parte, san Pablo nos ha hablado en la segunda lectura de la difícil misión del apóstol, que ha de proclamar la cercanía del Reino de Dios desde su fragilidad personal, sabiendo que no está a la altura de lo que predica, como nosotros tampoco estamos a la altura de nuestra vocación cristiana. Por eso dice: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria proviene de Dios y no de nosotros”. Y precisamente porque llevamos el tesoro de la fe en vasijas de barro, necesitamos hacer el mismo camino que realizó Santiago y convertirnos en peregrinos de la fe, en creyentes que buscan a Dios en el camino de nuestra vida, aunque no tengamos ocasión de peregrinar materialmente a Santiago y dar el abrazo a la figura del apóstol, que acoge sonriente a los que finalmente llegan a la catedral compostelana.

            La peregrinación expresa el anhelo religioso del corazón humano, la búsqueda de las fuentes de la vida y el encuentro con el origen de la fe, que puede dar sentido al vacío espiritual que siente el hombre moderno. Es una peregrinación a Dios, que físicamente conlleva fatiga y requiere estar abiertos a todas las eventualidades e inclemencias del tiempo, soportar un combate exterior que representa el combate interior del espíritu y el esfuerzo de la fe, siempre con la confianza como compañera de viaje y la mirada puesta en el objetivo: el reencuentro con la fe del apóstol, con la experiencia religiosa que su sonrisa nos quiere comunicar, como si nos dijera: “aquí está la certeza, aquí la fuente de vida que andas buscando”. El peregrino que, al abrazar al apóstol es penetrado interiormente por su sonrisa, corona no sólo por fuera, sino también por dentro su peregrinación, y su retorno a casa será el inicio de una nueva vida. Porque el término de la peregrinación no es un final, sino un comienzo: es el final de la iniciación, el nacimiento del discípulo, que vuelve más preparado para expresar su fe en lo cotidiano de su vida, en una vasija un poco menos frágil.

            Aunque nosotros no tengamos ocasión de peregrinar a Santiago como los que pasan frente a nuestro monasterio en los meses cálidos y templados del año, siempre podemos hacer el camino interior, bajo la guía y la protección de Santiago el Peregrino, al que hoy de modo especial nos encomendamos.

            Antonio María Martín

 

 

 

Semana 16 Par - Jueves


            En más de una ocasión, los profetas de Israel han idealizado la etapa que el pueblo pasó en el desierto, después de la salida de Egipto, comparándola a un tiempo de noviazgo en que el pueblo seguía sólo a Yahveh, que velaba por él protegiéndolo y proporcionándole alimento. Lo mismo hace el profeta Jeremías en la primera lectura: “Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierra yerma”. En contraste con ello, la época de la monarquía se caracteriza por la infidelidad, el aburguesamiento y el olvido: “Los sacerdotes no preguntaban: ¿dónde está el Señor? Los doctores de la Ley no me reconocían, los pastores se rebelaban contra mí, los profetas profetizaban por Baal”.

            Por eso dice la voz de Dios: “Ve y grita a los oídos de Jerusalén”. Cuántas veces, en vez de simplemente decir, los profetas gritan, gritan al pueblo como si estuviera sordo, como si hablar no fuera suficiente y hubiera que gritar la Palabra de Dios para vencer tanta resistencia y opacidad, a ver si por fin viendo ven y oyendo oyen. Es un poco también a lo que se refiere Jesús en el evangelio, cuando se dirige a la generación de su tiempo, aplicándole un oráculo del profeta Isaías: “miran sin ver y escuchan sin entender... porque está embotado el corazón de este pueblo... han cerrado los ojos para no ver... ni oír... ni entender con el corazón”.

            Y si pasamos a nosotros mismos, ¿qué diremos? Podríamos preguntarnos qué hicimos con el cariño de joven y el amor de novia, si no sufrimos la misma sordera que los israelitas y los contemporáneos de Jesús, y necesitamos que la Palabra de Dios nos siga siendo gritada, a ver si nos volvemos sensibles y pasamos a formar parte de ésos de los que dice Jesús: “a vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los cielos, a ellos no”. “Ellos” -los ciegos y sordos- se contrapone a “vosotros”, a los discípulos, a los auténticos oyentes, cuyo corazón no es ese aljibe lleno de agujeros del que ha hablado Jeremías, al que se le escapa la Palabra según le entra.

            En realidad todos partimos de una sordera a Dios, porque este es el pecado original del hombre, y hemos de aprender a ser oyentes, aunque sea a base de que la Palabra nos sea gritada, hasta que no se nos pierda nada por ningún agujero. Los que han aprendido a ser discípulos ya tienen dispuesto el corazón para entender las Escrituras, como los de Emaús, sin necesidad de que nadie se las explique. A ésos les dice hoy Jesús: “Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”. ¡Qué hermoso debe ser entrar en esa dicha!

            Antonio María Martín

 

 

 

Semana 16 Par - Lunes


            El pasaje de Miqueas que hemos escuchado en la primera lectura, tiene la forma de un pleito en el que Dios recuerda a su pueblo la historia de la salvación y le hace una requisitoria que la liturgia pone en boca de Cristo en los improperios del Viernes Santo: “Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te molesté? Respóndeme”. A esta requisitoria sigue la respuesta del fiel arrepentido, que pregunta a Dios cómo le puede corresponder: “¿Cómo me acercaré al Señor, me inclinaré ante el Dios de las alturas?". O lo que es igual: ¿Cuál es el culto que Dios quiere de mí? Tema típico en los profetas. Tema fundamental en Jesús: Dios no quiere un culto exterior, sino actitudes del corazón. Y en el oráculo de hoy, Miqueas resume estas actitudes en tres: “que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios”.

            Que respetes el derecho, la justicia social: que respetes lo que es justo y recto en relación con los otros, sin violar los derechos humanos de nadie, tampoco en la comunidad, de los cuales existe una declaración universal que no te vendría mal conocer.

            Que ames la misericordia, teniendo compasión de la miseria ajena. Quien pone en los otros un ojo de misericordia, despierta en ellos el ojo de la misericordia, porque tal como miremos, así seremos mirados, y lo que pongamos en los otros, eso obtendremos de ellos. Sin embargo, para mirar la miseria y la imperfección del otro con misericordia en vez de con escándalo, antes hay que mirar con misericordia y sin escándalo la propia imperfección. ¿Cómo perdonaré la imperfección de mi hermano, si no me perdono a mí mismo por no dar la talla y me encierro en la culpa? Lo que soy con el otro refleja lo que soy conmigo. Por tanto, Israel, acepta tu miseria para aceptar la de tu hermano, y así andarás humilde con tu Dios.

            Humildad viene de humus, que significa tierra. Es ponerse en lo bajo y en el valle, no creerse uno mejor de lo que es, no ir de espiritual. Camina humilde, sé tierra y valle para acoger la lluvia del cielo. Porque el alma es pasiva en relación a Dios, pura capacidad de acoger la gracia, siempre que se abra hacia ella como el valle se abre al cielo, como lo bajo a lo alto, lo mínimo a lo máximo, la nada al todo. Así te quiere tu Dios, Israel. No le canses a misas y celebraciones. Más bien ama el derecho, ama la misericordia, hazte tierra y valle. Entonces verías brillar tu culto exterior y tus cantos alegrarían el cielo aunque materialmente no estuvieran nada bien ejecutados.

            Antonio María Martín

 

 

 

Domingo 16 - A


            Cuando Jesús habla del Reino de Dios desde la perspectiva de su expansión, más de una vez lo explica en términos de semilla y de siembra. El domingo pasado, si aún nos acordamos, utilizaba en este sentido la imagen del Sembrador, y hoy, en las tres parábolas que

            Un dato original de la parábola del trigo y la cizaña es el hecho de que junto a la semilla de Cristo, otro sembrador deposita otra semilla en el mismo campo, como un fermento contrario a la Palabra de Dios, que crece junto a ella como su sombra, sin que una y otra se puedan separar. Así como la sombra crece junto a la luz, en nuestro interior crecen los deseos rastreros junto a los nobles ideales, junto al santo la bestia feroz, junto a los instintos de vida y amor los instintos egoístas de destrucción y de muerte. Y si miramos hacia la Iglesia, junto a los que son y están crecen los que están y no son, los que salieron de nosotros pero no eran de los nuestros, como dirá san Juan, los buenos que parecen malos y los malos que parecen buenos. Por eso dice el dueño de la viña a los que quieren quitar la cizaña: “No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Como si dijera: os podríais engañar y arrancar la buena hierba por la mala, y dejar la mala tomándola por la buena. Por eso, la parábola remite el discernimiento al juicio de Dios, al final de los tiempos.

            Ahora bien, así como el trigo se siembra de día, porque Dios es luz y no hay en él tiniebla alguna, la cizaña, se siembra de noche, y su sembrador la esparce mientras los hombres están dormidos, espiritualmente inconscientes, sin que sepamos por dónde se nos coló la doblez y el mal celo. Por eso dice la parábola: “mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó”. Cuando estamos dormidos, con la guardia bajada, el enemigo trabaja dejando su siembra, y ya tenemos los dos fermentos: uno sembrado a la luz del día, cuando estamos despiertos, y otro en la oscuridad de la noche, cuando estamos dormidos. Y cada uno produce su fruto.

            La semilla de Dios es buena, y produce trigo limpio, palabra no adulterada. Su fruto es el Cuerpo de Cristo, la comunión, la comunidad de testigos. La cizaña es hierba mala, palabra tergiversada en función del interés y la política humana, más que del interés de Dios. Su fruto es Babel, cristianos dormidos. Refiriéndose a este doble fruto, san Pablo dirá: “Lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción, el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna”. Y Jesús en el evangelio de san Juan dirá también: “lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu”. La Palabra de Dios, que contiene al Verbo de la vida, es la que nos puede hacer nacer del Espíritu, participar en la Vida misma de Dios. Y esto al modo de un fermento, minúsculo como el grano de mostaza, pero que si crece y se desarrolla puede fermentar toda nuestra masa, toda nuestra realidad humana.

  1.             Si la Iglesia quiere ser, como está llamada, fermento de vida nueva en nuestro mundo mediante la predicación del evangelio, deberá estar ella misma formada por cristianos despiertos, para no dejar que el sembrador nocturno deposite en ella su semilla, que por desgracia ya está bien mezclada con la cizaña. Tendrá que ser una Iglesia cada vez mejor sembrada por una Palabra limpia, no adulterada por intereses y políticas humanas. Porque de lo que estemos sembrados, de eso mismo sembraremos. Si estamos despiertos y somos semilla del Verbo, esparciremos semillas del Reino de Dios, aunque otros nos tomen por cizaña. Y si estamos dormidos y somos cizaña, esparciremos semillas equívocas, aunque nos tomen por trigo limpio. Cada uno siembra aquello de lo que está sembrado y cosecha el fruto de su siembra.

  2.             Y como al final la parábola remite al juicio último de Dios, pues ya tenemos tiempo, mientras vamos de camino, para espabilarnos, para empezar a vivir despiertos, cuidando, regando y abonando bien la semilla del evangelio, y así empezar a ser hoy levadura de vida para que mañana nos cosechen como trigo y no nos arranquen como cizaña.

  3.             Antonio María Martín

  4.  

  5.  

hemos escuchado en el evangelio, lo relaciona con el trigo que crece mezclado con la cizaña hasta la siega, con el pequeño grano de mostaza que se transforma en un gran arbusto y con la levadura que fermenta la masa de harina.

            El Sembrador es Cristo, que ha dejado su Palabra en el mundo como semilla del Reino divino que él anunció e hizo presente en su hablar y en su obrar, con el fin de que este hablar y obrar suyo, acogido y practicado por nosotros, fuera un germen de vida divina, minúsculo al principio, como el grano de mostaza, pero con un dinamismo interior de desarrollo y expansión, como tiene toda semilla. Si este germen se cuida, se riega y se abona, dilatará la tierra en la que está sembrado, como la levadura dilata la masa de pan. Porque la Palabra de Cristo no es estática ni está muerta: contiene al Verbo mismo de la Vida, y por tanto extiende la Vida divina, el Reino de los cielos en todos aquellos en cuyo corazón crece y se dilata.

      1.  

 

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